El telón del teatro Solís*, quizá como otros cortinados culturales, despierta escasa importancia en la gente que lo observa; sin embargo, entre sus pliegues éste conserva cualidades mágicas, reveladoras y sutiles que las personas distraídas rara vez advierten. Bondades, éstas, que me invitan a comentárselas detalladamente al lector en las siguientes líneas.

El Telón tiene esencia, espíritu colectivo, es intérprete del comportamiento de la humanidad y suele soplarlo sutilmente a los cuatro vientos. A los merodeadores de las artes escénicas, agudamente les anuncia el significado real de sus apariencias. Su excelencia estética es inimaginable, amigable y muy discreta; su aspecto íntimo conserva el secretismo humano que moviliza al mundo, mientras, su inadvertida actitud, desafía al paradigma espacio-tiempo.

El montaje teatral y el arte integrador que contienen las óperas, esos espectáculos fascinantes considerados la expresión máxima de las artes escénicas, sus hacedores, los espectadores y los lados del lienzo en cuestión serán los protagonistas principales en el devenir de esta historia.

En algunos segundos más, la función comenzará. Una voz agradable súbitamente le anuncia a los presentes la incipiente puesta en escena de Cavalleria rusticana. Las luminarias de la sala principal, lentamente pierden su esplendor atenuando su brillo. El silencio reina, las butacas rechinan cada vez menos, técnicos y elenco toman su lugar, el público espera. 

De un lado del velo mágico, los artistas desnudan sus almas e incorporan espíritus ajenos portando vestimentas, voces y comportamientos, emulando a personajes distantes de su propio tiempo; los espectadores, cargando sus emociones, miserias y aciertos permanecen atentos; los técnicos y colaboradores del espectáculo calman su ansiedad y desenfundan el profesionalismo que los caracteriza, dispuestos a afrontar los desafíos que su misión. 

Suaves acordes en ascenso se pronuncian, se empoderan y comienzan a conducir las emociones que dominarán a los presentes durante las próximas horas.

Se alza el telón, y al unísono se producen causas y efectos variopintos por doquier en el teatro; el pasado y el futuro convergen en el tiempo profundo del aquí y ahora; artistas y espectadores comienzan a observarse entre sí, ambos grupos se convierten sin saberlo en maestros y discípulos para intercambiar roles entre sí según ocurran las circunstancias durante la obra, aunque ninguno de ellos divisa, por el momento, el telón de fondo existente entre las sombras a pesar de su agudeza visual. 

Y así, en un santiamén, pedagogos y seguidores, están en Sicilia del siglo XIX, encontrándose con quienes cargaban el cuerpo de un difunto, un premonitorio anuncio del desenlace de su estancia en esa ciudad.

Esta primera escena dramática se esfuma, las agujas del reloj giran en reversa, y geniales voces acompañadas por el arte de combinar los sonidos anticipan el día Pascua, ocasión en la que el pueblo y los protagonistas principales de esta historia, establecidos en la principal plaza del pueblo, comienzan a interpretar.

De esta forma los presentes se enteran que el joven ex militar Turiddu, al regresar a su ciudad, encuentra a su amor Lola casada con Alfio, un próspero carretero. En venganza el soldado seduce a la joven Santuzza, despertando los celos de su gran amor y dando comienzo a una relación adúltera. 

Mientras un coro entona el himno a la Virgen María, los pueblerinos ingresan a la iglesia. A la postre, entre vino, discusiones, plegarias y prohibiciones religiosas, Alfio, enterado de la infidelidad de su esposa reta a duelo a Turiddu. Éste, pidiendo la bendición a su madre, parte hacia el encuentro fatal. Lola llora. El carretero mata en el huerto al soldado. Santuzza y la madre del fallecido, enteradas del lamentable hecho se desmayan, varias mujeres las asisten. El anuncio premonitorio de hace realidad. El telón cae, pero su magia comienza a actuar.

Los actores son aplaudidos, unos más que otros, y todos reciben el fruto que el arte les da. Los espectadores, sienten si tal expresión del arte escénico ha cumplido con sus expectativas.

El velo mágico continúa logrando su propósito, sustantivar los verbos en los demás. Discípulos y maestros intercambian a solas una y otra vez sus roles; ambos reaccionan, opinan, reflexionan y entrelazan lo visto y actuado con su propia experiencia personal. Quizás algo han aprendido, tal vez alguna que otra cosa en sus vidas deberán revisar o modificar. Unos y otros son conscientes que la humanidad todavía tiene mucho que aprender y cambiar; y entonces, una y otra vez, y otra vez más, se preguntan cómo no repetir los mismos avatares históricos de la vida, cómo disculpar a los demás, cómo aceptar la diversidad sin molestarse, cómo hacer para cambiar los hábitos y costumbres culturales.

El telón, en su recurrente apertura y cierre, le insinúa a la gente que imposible es tratar de modificar la naturaleza humana, pero sí la sociedad puede mudar sus costumbres y tradiciones culturales que la condicionan, si libremente cada individuo, sin esperar nada a cambio, ama a sus pares por el solo placer de darle lo mejor de sí al mundo. Pero cuál es el camino para lograr tal meta, pregunta el necesitado, y aquellos que obtuvieron ventaja de esta experiencia le dicen: quizá dedicarte veinte minutos diarios, en silencio y a solas para sentir el decir de tu interior, te dé la respuesta exacta que hoy buscas. Nosotros -discípulos y maestros- sólo hemos cumplido un rol virtual y ocasional, pero deberemos volver al teatro Solís para que su especial telón bordó, nos siga abriendo mágicamente las ventanas culturales a través del arte.

Teatro Solís: principal teatro de Uruguay. Abrió sus puertas en la ciudad de Montevideo en 1856.

Oscar


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