Árbol gigantesco de fuertes e inalcanzables brazos que albergaste a millones de pájaros en tu bondad, quién te produjo este daño que ha logrado hacerme llorar. Recuerdo aquellas tardes cuando un conjunto de niños sentados a tu sombra hablábamos de aventuras y soñábamos nuestro futuro mientras marcábamos, inocentemente, ciertas travesuras en tu dura y gruesa piel. Tú eras el paso obligado de mi casa a la escuela. Cientos de veces, penando y desamparado, me acerque a ti en busca de serenidad, silencio y cobijo. Siempre a tú manera me respondiste, o al menos yo así lo interpreté, nunca rehusaste oírme y has sido franco conmigo. Cuando en otoño tus hojas marchitas abonaban la tierra, y las más traviesas se deslizaban hacia las veredas vecinas decorándolas en su eterno adiós, su espectáculo danzante al ritmo del viento improvisado, despertaba en mí sentimientos de desarraigo que, tiempo después, renacieron durante mi...