El mar hace caminos; un marino leva anclas…y a su odisea comparecen cañas, redes, anzuelos, mareas, tres velas y una afilada daga…ansiosa por faenar. Él siente desasosiego; la soledad es su aliada, …y el agua salada la confidente de su pesar.  El navegante captura sus peces surcando sucesivas olas bravías…y resguarda celosamente su pesca a temperatura septentrional. Con los santos fregando la loza y engrillado a sus propios pensamientos, él va hacia el viejo embarcadero de ruinosos muelles, grises rampas añejas donde la última vez sus amigos le dieron el más cálido adiós al zarpar.  Aferrado a tal evocación, el pescador es trofeo del silencio…y de la zozobra quebradiza fruto de su piel, alma, corazón y generosidad porque esta tarde, cercanas remembranzas trastocan su dicha habitual; necesita volver a su cotidiana alegría, sentirse grato, vivo…; precisa rehabilitar la fuente de su felicidad. Careciente de algún feligrés conocido que libre...