Desde su incertidumbre un perdido vagabundo mira el mar, su mente agotada aún contiende y con bravura desafía al destino; su desesperanza de amor a nadie inquieta, y el poco afecto que tiene recibido nunca a pleno ha sido. Él simplemente desea serenidad, revivir y amar. Con él nadie conspira. Su gente más cercana lo niega en sociedad, su compañía no es aconsejable, y su redil permanece desierto; su alma sin luz está, su mente cavila muy cerca del vacío ancestral. Toda adversidad lo aborda: ora penumbra, ora hambre, ora frío, y nadie a quien amar. El vagabundo ha recorrido desacertadas sendas…honrando frutos de perfidias viejas. Hoy se pregunta qué hacer, qué decir y a quién recurrir, si a su razón no le caben insidias…y en su alma aún le quedan nobles esperanzas de volver a amar. Dicen que Dios vela, ampara y ayuda, pero de este vagabundo Él...