En un bosque especial, cobijo sempiterno de antiguos guerreros, al atardecer las ramas vírgenes y las ancestrales se entrecruzan y danzan bajo los reflejos del sol sobrevolando el terreno guarnecido por incontables hojuelas marchitas de la incipiente estación anual, una escultura silvestre cincelada por la indolencia de la naturaleza muerta y la ingratitud de un otoño melancólico y gris. Los pájaros invasores de tal labrantío velan la fortuna de una nueva querencia aparecida, y orgullosos al final de su faena, al poniente le murmuran con sus trinos la llegada de la brisa ocasional que en breve los arrullará. Al exterior de la última enramada, candiles difusos embargan la oscuridad del paraje en los límites de la floresta, entretanto indomables cruzados irrumpen sus sendas para custodiar a los viajeros que, honrando su fe, llegan desde lejanas latitudes para encontrarle mayor sentido a su vida al pie de un altar. Allí,...