Una hoja, un estilete, una mirada atrás…y un horizonte que se revela; un mundo extraviado, frío, desnudo y sin ardoroso aliento bastan como coreografía para la noche de un prosista y sus cuitas; zozobras y esperanzas que, al abrigo de un candil, él desea urdir con multiplicidad de letras. La valía de tales útiles, cuidados, reservas y máximas aún sin tallar a la mano del escritor probablemente origine una cuota esmerada de disentimientos sobre los condicionantes que abruman a la sociedad en general cuando, con estilo audaz, esgrima su pluma mordaz a punto de penetrar sin piedad la trama calandrada de un pliego tieso; lámina yaciente inmutable que siempre espera ser complacida sobre un primitivo escritorio abrumado por cientos de carillas bicolor y decenas de heridas maduras pretéritas. El narrador, incitado por la intrepidez de un antiguo gallardo oriental, interpreta su arte emulando la estética del Samurai; y tal...