La mayoría de las democracias establecidas en el mundo, hoy manifiestan cierta intromisión permanente del Estado sobre los actos de la ciudadanía que van más allá de la prudencia indicada para este tipo de sistema político. Los gobernantes avanzan día a día para controlar todo lo que esté a su alcance, avasallando los intereses particulares de los individuos (privacidad, obligaciones de información, bancarización, control de comunicaciones, movimiento o tránsito, etc.). Por su parte, la sociedad no termina de reaccionar ante estos hechos, sometiéndose así a los caprichos del poder de turno perdiendo la libertad de acción que siempre debe gozar de manera sustentable y permanente.

Esta problemática actual demanda una solución importante a corto plazo, pues en el pasado, cada vez que la sociedad ha aceptado que su privacidad fuera alterada por el Estado, rara vez los ciudadanos han podido volver las cosas a su debido lugar.

En la época que todos transitamos, la clase política debería tener presente que los sustantivos: paz, libertad y bienestar general merecen de su parte ser considerados la razón de existencia primordial de la ciudadanía, y que la democracia sólo es un marco de relaciones sociales y normas de convivencia con marcado sentido comunitario en aras de objetivos colectivos que permite alcanzar el cenit de dicha máxima cuando el pueblo -republicano y demócrata- es el artífice de su propio destino; por lo tanto, la libertad y el bienestar de los individuos jamás deben estar sujetas a la sublimación del Estado o al criterio particular o intereses privados y/o partidarios del gobernante oportuno, y menos aún que tal representante pretenda a través de sus controles y connivencia corporativa exponer a los ciudadanos que representa allende aquellas normas que preserven los objetivos sociales primordiales precedentes.

Una democracia requiere participación, organización, trabajo y concurrencia porque a través de su práctica regular da al pueblo sustento vital, sentimientos de pertenencia e importantes logros que, de otra forma, no podrían abordarse individualmente. Cualquier otra acción distante a tal espíritu no merece ser calificada como Democracia, sólo alimenta la barbarie característica de todo régimen autoritario y despótico, por más que desde el poder de turno se pretenda argumentar que las nuevas normas de contralor a implementarse simplemente pretenden debilitar a la fuerzas contrarias al bienestar general de la nación.

En suma, estos argumentos letales para esclavizar al pueblo son parte del trinomio psicológico que los partidarios de la mediocracia ostentan: vanidad, favoritismo e impotencia; todos ellos señoritos de opereta con rimbombancia melodramática que, rodeados de lacayos, manifiestan al pueblo sus innatas necedades y fantasías entre pláticas puritanas de barricada y argumentos de telenovela.

Oscar


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© Publicado en Punta del Este. Uruguay (septiembre 21, 2017) Derechos reservados. Prohibida su reproducción para cualquier finalidad y/o su comercialización sin autorización previa del autor.