Las últimas investigaciones de la física cuántica argumentan que la materia es no-materia, que el aspecto físico sería pura apariencia, una entidad sólida que resulta de eventos cuánticos formados por variados impulsos de energía e información. La diferencia entre una forma y otra se debería entonces a los atributos singulares de tales sucesos; por tanto, cuando sus cualidades se alteran, su entidad se transforma; ergo, también se modifican su rol y utilidad en el medio que participa.

Esta síntesis de la física y su hallazgo de aquello que se considera materia me transporta a las características que manifiestan ciertos regímenes políticos en el mundo actual, dada la relación que estos representan entre su figura expuesta y su funcionalidad manifiesta. Me refiero a la exhibición pública de los gobernantes que, enmascarados de demócratas o similares, al mismo tiempo llevan a sus representados a un umbral de gobernanza que manifiesta no-ser democrático, o al menos, ininteligiblemente democrático.

La democracia surgió gracias a la energía y a la información que oportunamente le impulsaron sus fundadores en honor a sus propios fines de dominio y a la demanda de determinada clase social; por supuesto, otrora, dicho sistema no tenía el mismo alcance que los pueblos requieren hoy.

Desde aquel inicio hasta el presente muchísima agua ha circulado bajo sus reglas, motivo por el cual varias naciones modificaron su orden político conforme a sus propios síntomas sociales (claros, oscuros, graves, agudos), adaptando entonces el tono de gobernanza a sus propias particularidades, estableciendo como resultado de ello un régimen quizá semejante al de su definición original pero más cercano a las necesidades prioritarias de su ciudadanía. Resulta lógico y necesario comprender que, cualquier sistema de gobierno, pueda modificarse respondiendo más a las demandas oportunas de la población que a aquellas necesidades de su partida original o a las de oscuros intereses corporativos.

En la memoria colectiva de la Humanidad subyace el orden democrático con sus rasgos más característicos, y su adaptación funcional surge merced a la emisión de varios quantum de necesidad ciudadana, distintos a los de su origen primario, energía e información.

Al cabo, su resultante global en los países donde el régimen de gobierno se perfeccionó en aras de solucionar la diversidad de las demandas provenientes de su sociedad, ha sido beneficiosa y conforme a la evolución procurada desde su agenda comunitaria imprescindible; por el contrario, en los países donde la prioridad ha sido meramente sectaria y las raíces de su sistema político fueron debilitadas o devastadas, la problemática social ha recrudecido y desteñido su imagen frente al mundo, sobre todo en  aquellos territorios donde el despotismo, la mediocridad, el autoritarismo, el crimen y la corrupción forman un espíritu de cuerpo institucional: ejecutivo, legislativo y judicial.

En síntesis, hoy a estos últimos regímenes se los proclama democracias; sin embargo, ellos constituyen un paradigma no-democrático: inconstitucional y desconsiderado con los Derechos humanos, civiles y políticos. En fin, estos sobreviven merced al enroque político que su gran mayoría realiza para evitar que su figura real (de insolente de turno) se mantenga oculta a los ojos del observador, pero que más temprano que tarde, inevitablemente reverbera su irrealidad ante sus representados, del mismo modo que la no-materia se evidencia ante la física cuántica.

Frente a tales prácticas, para sortear artilugios futuros de cualquier intencionado a la primera magistratura de un país que pudiese emparentarse con los avatares de la física cuántica, la población quizá debería testar eficazmente al aspirante antes de entregarle su primer voto de confianza, evitando así someterse a ciegas a quimeras doctrinarias prometedoras de un edén excepcional. Y tal comportamiento social debiera considerarse más aún cuando, del escenario político mundial, emerge a simple vista una realidad harta de embustes, autoritarismos, carencia de talentos e ideas irrealizables; dificultades éstas que restan orden y funcionalidad a un apacible sistema de gobierno pensado y estructurado para beneficio de la gente y, fundamentalmente, gobernado por ella.

El sistema político participativo resulta interesante; a través de él puede alcanzarse la cima social adecuada de una nación pero también modificarse ocasionalmente vertiendo las propiedades correctas en una entidad común, aplicando en ella la energía y la información acordes para lograr el bienestar general.

Esta senda recorrida no trata de cambiar la apariencia y/o la denominación de un sistema sociopolítico en particular, sino de tomar debida participación en la vecindad para establecer reglas de convivencia sustentables que contengan esencia, compromiso, responsabilidad, equidad y justicia, entre otros sustantivos no menos importantes.

Luego, sólo restará seleccionar a los virtuosos que acepten el derrotero del bienestar, la libertad y la prosperidad colectiva utilizando el método soberano más propicio, ajustado a la realidad de los hechos y las circunstancias oportunas.

Oscar


Compartir...Email this to someone
email

© Publicado en Punta del Este. Uruguay (mayo 29, 2021) Derechos reservados. Prohibida su reproducción para cualquier finalidad y/o su comercialización sin autorización previa del autor.