El mar hace caminos; un marino leva anclas…y a su odisea comparecen cañas, redes, anzuelos, mareas, tres velas y una afilada daga…ansiosa por faenar. Él siente desasosiego; la soledad es su aliada, …y el agua salada la confidente de su pesar. 

El navegante captura sus peces surcando sucesivas olas bravías…y resguarda celosamente su pesca a temperatura septentrional. Con los santos fregando la loza y engrillado a sus propios pensamientos, él va hacia el viejo embarcadero de ruinosos muelles, grises rampas añejas donde la última vez sus amigos le dieron el más cálido adiós al zarpar. 

Aferrado a tal evocación, el pescador es trofeo del silencio…y de la zozobra quebradiza fruto de su piel, alma, corazón y generosidad porque esta tarde, cercanas remembranzas trastocan su dicha habitual; necesita volver a su cotidiana alegría, sentirse grato, vivo…; precisa rehabilitar la fuente de su felicidad.

Careciente de algún feligrés conocido que libre la angustia de su penar, la añosa dársena vallada con débiles candiles y maderos deslucidos que silban puros chirridos estridentes facilitados por los colosos solitarios apostados frente al mar, invitan al espíritu del marino a regresar a su hogar.

Convocatoria que los antiguos muelles y escolleras honrarán procurando la partida del navegante de su miseria sentimental, entretanto las nubes cómplices comparten la tarea abriéndole paso al nuevo amanecer que abordará el velamen de su navío; lienzos cómplices del viento que cierta vez fueron urdidos para conquistar nuevos mundos sesgando penas y nostalgias de historias azarosas, emociones que, indigentes de pasión, zozobran la felicidad humana. 

Oscar


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© (marzo 18, 2019) Derechos reservados. Prohibida su reproducción para cualquier finalidad y/o su comercialización sin autorización previa del autor.