En esta ciudad observo una jungla de cemento asfixiante en derredor de un colectivo especial que merece atención; se trata de un balneario originalmente bello y rico en flora y fauna; un patrimonio natural a orillas del mar dañado merced al mercantilismo avieso de determinadas corporaciones y a la ambición desmedida del poder político. 

Aquí, los árboles y las diferentes clases de animales y plantas autóctonas malograron su prosperidad. De tan grandiosa variedad, ciertos tipo continúan en vías de extinción y los faltantes han desaparecido porque las metas económicas prevalecieron por encima del esplendor de la naturaleza. 

Hoy, las empresas que integran este grupo anti-ambientalista tratan de justificar ante la ciudadanía su constante depredación voraz diciéndole que sus inversiones en la ciudad logran más empleo, mayor demanda de inmuebles y un crecimiento sostenido acorde con las circunstancias económicas. 

Cuando recorro las calles vacías de sol, merced a cientos de gigantes grises vidriados noto que la gente que recorre sus veredas tampoco se parece a aquella otra con la que yo compartí mi niñez y parte de mi madurez, ella me resulta un tanto ajena a la esta sociedad; estas personas miran por sobre los hombros a sus iguales queriendo imponer una identidad falsa y exuberante impulsada por su esnobismo ciego y petulante que insiste en perpetuar la hipocresía social, privándose así de compartir vivencias amigables que podrían llevarles mayor dicha y bienestar. 

La gente a la que me refiero prefiere la ficción a la realidad, presume una apariencia inverosímil en un escenario voluptuoso, antes que manifestarle a los demás su verdadera esencia…y permitirse ser; cambian su simpleza por la bribonada y al aire puro por el smog que tiñe sus cuerpos de color plomo. 

Esta cultura (anti) social se ha establecido en distintos ámbitos desde hace varias décadas atrás; se ha impuesto paso a paso, poco a poco, al relegar las circunstancias cualitativas de una vida natural en aras de una historia artificial.

La diversidad siempre es bienvenida, sin embargo el respeto de los derechos de los demás no es menos importante. La sabiduría cedió su espacio al esnobismo y el instinto sórdido le dio crédito a la impostura comunitaria, cuya cepa insiste en conquistar a los sedientos de vanidad.

Así, la presunción hoy transita por esta ciudad, en sus calles las personas deambulan arropadas de igual modo, no sonríen y tampoco comparten; sus espíritus palidecen, y la agresividad de sus expresiones malversa la amabilidad, la sinceridad y el buen trato. 

Está visto que tales ocurrencias locales no son mérito propio de esta zona, se producen en muchos lugares. Y tal comportamiento y su consecuente degradación del medio ambiente procuran en mí la necesidad de acercarle a la ciudadanía en general estos comentarios porque, habida cuenta de que tal conducta se halla ramificada globalmente con sugestivo éxito, deseo prevenirla por si alguna vez su mayoría deseara reaccionar responsablemente al ultraje que los factores de poder y sus asociados ejercen sobre el patrimonio natural del Planeta, su principal acervo colectivo.

Oscar


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