Al analizar el sector terciario de la economía observo condicionamientos y contradicciones inquietantes en determinadas actividades culturales que debilitarían su propósito social y sesgarían sus fronteras, dos hechos que tal vez merezcan la atención de las autoridades y de la población en general a fin de verificar el grado de eficacia de sus políticas, de sus partidas presupuestarias y de sus modos de gestión. 

Tras lo dicho, avanzo entonces haciendo una síntesis del protagonismo de los factores principales que interactúan en esta historia y consecuentemente construyen un marco reflexivo: los museos y su normativa, la economía, y las políticas culturales.

Desde la Antigüedad hasta nuestros días los museos han pasado por distintas etapas de desarrollo, desde que los bienes culturales se recolectaban y conservaban para el lucimiento del poder de turno y fines científicos hasta acercarlos a la ciudadanía con fines educativos, un proceso evolutivo que lleva más de 2.500 años en favor de una sociedad recurrentemente demandante. 

Cada período histórico ha tenido intervención en este campo, atesorando avances lentos pero notorios hasta que, a mediados del siglo XX, se produce la creación del Consejo Internacional de Museos (ICOM) en la ciudad de París. Momento en que esta institución pasa a ser convergente de las organizaciones museísticas para vincularlas entre sí y articular integralmente sus funciones de desempeño y metas afines.

En Seúl -año 2004-, el ICOM dio a sus socios la redacción definitiva del Código de Deontología para Museos, las normas que regulan la actividad, el propósito profesional de sus asociados y expresan los servicios que merecen los actores involucrados.

Cabe citar aquí el Principio de dicho Código, los Recursos Financieros; Financiación: “Al órgano rector le incumbe suministrar los fondos suficientes para realizar y fomentar las actividades del museo. Todos los fondos serán objeto de una gestión profesional”. Base aceptada por la comunidad museística internacional, al igual que lo hizo oportunamente con la definición de su rol social: “un museo es una institución sin fines lucrativos, permanente, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y expone el patrimonio material e inmaterial de la humanidad y su medio ambiente con fines de educación, estudio y recreo”.

Las exposiciones de arte y sus normas internacionales de gestión se han ido modificando desde su iniciación hasta el presente, y también lo hicieron las preferencias culturales, la economía y las reglas que demarcan las fronteras de los museos.

Estas instituciones entregan experiencias especiales, son representativas del pasado, presente y futuro, marcan errores y aciertos de la humanidad, ejercen una función didáctica, alientan el turismo y contribuyen generosamente al PBI correspondiente.

Son espacios diferentes que la gente elige para su recreación y bienestar, dentro y fuera de su país de residencia; un hecho singular y valorable para el área cultural que todavía podría crecer más,…si no fuese por el cepo que la economía contemporánea le impone a los sectores productivos desde el teatro político, el famoso “recorté los gastos al sesgo”, cuya aplicación sus hacedores defienden normalmente en base a “la prioridad que tiene el país”, tratando así de justificar el grado de inversión en uno u otro sector de la nación.

Los sistemas de gobierno –estatal, privado o mixto-, corporativo, político o similar carecen de contenido cierto y su gestión es conducida de forma ideológica antes que disciplinaria. En síntesis, un abanico de colores para toda ocasión y gusto.

Desde el teocentrismo y el antropocentrismo hasta el actual economocentrismo, gran parte de la humanidad vive engrillándose, sirviendo ciegamente a prácticas ideológicas exageradas con tal de sostener su sentido de pertenencia; comportamiento que le permite subsistir…pero rara vez desarrollarse cabalmente. 

En la economía actual el paradigma vigente es la mercantilización global como confín del capitalismo; tendencia que se fortalece mientras las paramétricas señorean los sectores depreciando sus cualidades.

En este escenario los países tienen una deuda pública exorbitante y, consecuentemente, sus gobernantes actúan aplicando el método de la manta corta: asignan mayores partidas presupuestarias afectando a otras de menor importancia para ellos: pensiones, cultura, salud, educación, etc. Más, en sus programas de gobierno generalmente las políticas del sector cultural brillan por su ausencia.

Pero “Los museos son responsables del patrimonio natural y cultural, material e inmaterial. La primera obligación de los órganos rectores y de todos los interesados por la orientación estratégica y la supervisión de los museos es proteger y promover ese patrimonio, así como los recursos humanos, físicos y financieros disponibles a tal efecto” –así, al menos, lo expresa el compromiso asumido por las instituciones-núcleo del ICOM.

Los factores considerados hasta aquí carecen de la vitalidad necesaria para obtener en los museos una gestión virtuosa; sus finalidades individuales o de grupo son diferentes o antagónicas; responden a sus propios réditos antes que a los compromisos globales del sector, retrasando así el propósito social pactado oportunamente. 

No obstante, cada actor de esta historia suma o resta progreso al patrimonio cultural de acuerdo a su grado de compromiso con la sociedad, nadie está exento.

Al caso, pregunto: ¿cómo hacen aquellos museos para cumplir el Código Deontológico que aceptaron sí las políticas económicas de sus países sesgan los presupuestos de su sector, y más aún cuando tales instituciones museísticas son operadas por la misma administración estatal que ha recortado sus alas funcionales?. 

El hecho de que los museos hayan adherido a un Código deontológico internacional común ha sido un decisión de buenas intenciones, ¿pero tal normativa colabora con su desarrollo institucional cuando las reglas de juego domésticas no son coincidentes con los deberes aceptados internacionalmente?. 

La esencia de tales instituciones deviene de raíces diferentes, su carácter puede o no coincidir con la médula cultural de sus colegas, por lo tanto si bien las premisas del Código regulan el comportamiento de todos…, también pueden causar confusión y desorden, como ocurrió oportunamente en la torre de Babel. Tan peligroso es solemnizar una norma integral como restarle importancia a su reforma. Paso a mis conclusiones:

La gente siente interés en participar del campo cultural y su acervo, y más aún cuando esto resulta una opción válida para su bienestar, formación y recreación.

La sociedad en su conjunto debería requerir a sus gobernantes políticas que propendan a conservar y proteger su patrimonio cultural, asignándole el presupuesto consecuente con tal principio, dado que tal sector no sólo contribuye significativamente al PBI del país sino también fortalece la cultura, la integración, el turismo, la formación y, fundamentalmente, procura el principio de emergencia en la gente, aquél que asegura que el Todo es mayor a la suma de sus partes, ese canal virtual donde la creatividad de unos más la genialidad de otros genera una nueva inventiva (emergente) que mejora a las que le dieron origen. 

Un presupuesto adecuado en los programas culturales es una buena inversión, inicia una evolución sustentable. El fortalecimiento de la ilustración procura bienestar, formación y cultura; tres sustantivos de cambio que hoy, más que nunca, faltan en la sociedad actual.

Oscar


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