La vida es una obra de teatro donde los seres vivos somos los actores invitados y la naturaleza compone y dirige la coreografía oportuna. Ambas partes forjan las caras circunstanciales de una divisa extranjera indivisible, una moneda global corriente de cuño eventual y tiempo de expiración contiguo. 

Cuando la mayoría de los involucrados en esta historia cumple acabadamente su rol específico sin muestras de egoísmo personal y en aras del bien del reparto colectivo en cuestión, tal ficción supera la realidad malsana, transformándola en la mejor comedia de capa y espada representada aún.

En cambio si los personajes llamados a escena despilfarran las bondades de la coreografía bien habida y no cumplen acabadamente con su rol distinguido de época, la obra en cuestión podría resultar un drama de escenas chocantes, tensas y hasta terroríficas que despierte miedo súbito e intenso en sus intérpretes y el público en general, llevándolos, mediante una ambientación carente de inspiración y alegría, al portal de angustia crónica, un lugar indeseable donde la piedad está ausente, los muertos vivientes deambulan, la incertidumbre pesa, y la infelicidad reina. 

Hace mucho tiempo ya que la función de la vida en este planeta ha comenzado, poco tiempo después de que la naturaleza compusiera su genial danza. Ahora, de los actores involucrados depende exclusivamente trabajar en una escena de ambiente cálido, aire fresco y bienestar, o ejecutar acciones contrarias a la buena fortuna, dejando librado al azar el cuidado de la Tierra y el destino de nuestra propia existencia.

La situación actual  llama al escenario a todos los actores, ha llegado el tiempo de interpretar su rol principal en nuestra mayor obra: la vida en libertad.

Oscar


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© (junio 3, 2020) Derechos reservados. Prohibida su reproducción para cualquier finalidad y/o su comercialización sin autorización previa del autor.