Cierta vez, un investigador decidió experimentar con su adiestrada araña de cueva africana: Animalia. Él suponía que los arácnidos no solamente estaban sujetos a su vista y tacto.

Decidido en estos temas y en busca de buenos resultados, hurgó en la base de la covacha de la araña y la atrapó; tras unos breves instantes la colocó sobre uno de los vértices de una pequeña mesa, y desde su extremo opuesto la indujo para que avanzara. Ella, pausadamente fue hacia el experimentador, y él inmediatamente la tomó y le amputo una de sus extremidades sin más… Luego, continuando con la misma rutina, la araña volvió a ir hacia él, quien, otra vez y sin miramiento alguno le cortó otra de sus patas y repitió la experiencia. El artrópodo caminó con cierta dificultad hacia el experto una y otra…y otra vez más, siempre obedeciendo mansamente. Por fin, el científico decidió hacer la última ablación quitándole la extremidad que restaba en la pequeña, y después de unos momentos, la colocó en el rincón de la partida inicial y la impulsó hacia él, pero ella ya no pudo obedecerle.

Animalia, aún con vida, continuaba inmóvil y sin dar señal alguna que partiese de su cuerpo; el investigador, entonces, insistió infructuosamente unas cuantas veces más su rutina motivado exclusivamente por su apego al método experimental. Al cabo, y dando por finalizada su experiencia con la araña decidió dejar su legado, cuya máxima conclusión dice que “las arañas quedan impedidas de oír, sí se les quitan todas sus patas”.

Semejante argumento llamó a sospecha de un político circundante por el lugar, quien, con rigor de su razón, le asignó al experimento un grado de certeza poco probable manifestando que tal vez el arribo a tal conclusión haya sido un argumento de corte escasamente científico, quizás un recurso ya utilizado por el científico en otros ámbitos en salvaguarda de su propio orgullo profesional…o de su ignorancia.

Luego de estos dichos el político volvió sobre su propia declaración a la prensa a fin de no debilitar su vínculo con la ciencia y estremeció a sus seguidores y demás lectores, al dar entonces cabida a la máxima del experimentador, expresándole al público en general que existía una chance de acierto en ese descubrimiento, porque los arácnidos suelen ser temerosos y también perezosos.

Un observador de tales argumentaciones puso fin a la disputa manifestando que cualquier persona podría proponer a la ocasión hipótesis similares a las enunciadas, de tono argumentativo grisáceo haciendo causa común con el mundo especulativo que proyecta sombras tanto del lado blanco como del negro para obtener ventajas apreciables para sí.

Y echando luz al evento dijo conocer que el Departamento de aracnología de la Universidad a la que él concurría asiduamente había llegado recientemente a la certeza que los arácnidos oyen a través de los pelos de sus patas; dándole así la razón al Investigador.

A la prostre, desde la antigüedad dimes y diretes similares destacan en ciertos ámbitos aprovechando un fuero especial de gran ornato, donde ciertos personajes aprovechan la ocasión para llevar agua para su molino en sus discursos frente a un sector sediento, diciendo sólo su media verdad; una declaración normalmente rimbombante con un dejo de sentido común pero al fin engañosa, similar a la del político de esta breve historia en su deslucido paso por la ciencia experimental. Por cierto, una síntesis que describe un mal global, endémico y gravitante sobre la sociedad paciente, pero que afortunadamente un buen observador puede eventualmente sortear al diferenciar la verdad de la apariencia en los dichos de cualquier personaje audaz.

Oscar


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© Publicado en Punta del Este. Uruguay (febrero 2, 2018) Derechos reservados. Prohibida su reproducción para cualquier finalidad y/o su comercialización sin autorización previa del autor.