En algunos países de Latinoamérica los sistemas penitenciarios merecen modificarse en aras de los derechos humanos, sociales y políticos. Ésta es una asignatura pendiente que aún adeudan la población y sus representantes en la región.

“Soy malo porque soy infeliz” -dice Frankenstein, en la novela gótica de Mary Shelley. “El hombre es bueno por naturaleza” -expresó en su tiempo el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau-; de este modo puede interpretarse que el personaje Frankenstein, después de recibir la vida, sesga su inocencia natural al entrar en contacto con la sociedad humana que lo desprecia y ofende por puro prejuicio, dado su aspecto físico. 

Ciertos rasgos de la sociedad en general: indigencia, personas sin techo, drogas, incertidumbre, desigualdad, inequidad, familia conflictiva, crisis, afán consumista y malos tratos, entre otros, procuran un ambiente negativoque invita a determinadas personas a no cumplir la Ley. Los efectos de la desesperación y la marginalidad potenciados por la avaricia personal, causan en la gente reacciones inimaginables.

La organización del sistema penitenciario del Uruguay depende de una institución política: Ministerio del Interior. Si bien el Instituto Nacional de Rehabilitación es el organismo que dibiera administrar el régimen, hasta la fecha no se ha promulgado una ley que establezca al INR como un servicio descentralizado. Esta entidad tiene a su cargo la Unidades carcelarias: una de Ingreso, Diagnóstico y Derivación; una de Máxima Seguridad; nueve de Media Seguridad; dieciocho de Mínima Seguridad. La Unidad de Ingreso recibe a los reclusos mayores de edad, los clasifica y ubica conforme su tipología y en función de las plazas disponibles. Para los casos de adolescentes existen 14 centros de reclusión con medidas privativas y cautelares. 

En 2010 un acuerdo entre diferentes sectores políticos inició un proceso de reformas entre las que se encuentra la constitución y la formación de operadores penitenciarios, en lugar de los policías y militares actuales, pero hasta el  presente, si bien dicho procedimiento continúa en marcha, éste presenta un retraso considerable en sus objetivos iniciales. 

Hoy la cantidad de funcionarios en este campo es insuficiente y sus condiciones de trabajo resultan inadecuadas, hecho que le hace flaco favor a los internos. En las cárceles grandes y complejas, se dice que existen grupos de reclusos que dominan la situación reinante en la Unidad correspondiente. 

Desde hace varios años la población carcelaria se incrementa sorprendentemente, sus índices son elevados; en las prisiones hay hacinamiento, carencia presupuestal, suicidios, violencia extrema, falta de programas exitosos de rehabilitación y ausencia de políticas adecuadas… entre otros.

Según la literatura avanzada en este tema, el delincuente es el resultado de un proceso social complejo de interacción y definición. Los individuos resultan criminales porque así se los ha estigmatizado. 

El resultado obtenido de la interacción social -prejuiciosa, magramente informada e indiferente- con sus representantes -carentes de políticas de Estado- es densamente magra.  Este producto, sumado a la marginación, la violencia y el apego pro-delictivo de los afectados hace que, el sistema penitenciario “transformador” esperado, en vez de disminuir la delincuencia logre lo contrario.

En general, las cárceles como fuentes rehabilitadoras no dan buen resultado, sus sistemas suelen ser perversos y marginales. La cantidad de delitos en las calles es progresiva, la clase política se desentiende de ello y la sociedad rara vez se entera de los hechos reales. El siguiente cuadro -parte del resumen comparativo elaborado por Rolando Arbusún Rodríguez, de Prison Insider-, expresa los resultados, del año 2018, del sistema penitenciario en cuatro países, dos desarrollados y dos en vía de hacerlo, donde el lector podrá apreciar el producido de dichos procesos. 

La problemática de los sistemas penitenciarios no es que nada funcione, se necesitan implementar y sustentar programas exitosos de rehabilitación coincidentes con políticas humanísticas evolutivas. Es menester una sociedad solidaria y comprometida con los derechos humanos, civiles y políticos. Es inevitable incorporar en los programas de rehabilitación la creatividad, el arte, la cultura y, sobre todo, que preste oídos a las ambiciones personales de los reclusos, no basta con abastecerlos de vías educativas comunes. Resulta imperioso enfocarse en las causas reales del delito para dejar de construir cárceles. Es indispensable pasar del concepto encierro, hacinamiento e inseguridad de los reclusos en las penitenciarías al de espacios abiertos, formación específica y convivencia. Es ineludible asistir y contener al ex convicto hasta su total reincorporación social, y esta labor no está solamente a cargo de las autoridades competentes sino también de la sociedad en su conjunto a la hora de aceptarlos como parte de su grupo sin prejuicios de por medio. No se trata de sacarse de encima a estas personas o de excluirlas socialmente, sino de solidarizarse con ellas, ¡ayudarlas!

Sé que no es fácil una mudanza radical en las reglas de juego que hoy están establecidas en este campo, pero el cambio resulta imprescindible sí deseamos asegurar nuestra propia seguridad.

Oscar


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