Últimamente la élite que capitanea el mundo ha limitado extremadamente nuestra libertad. Al inciarse este año, los aristócratas de turno determinaron que los derechos básicos de la población tengan carácter antirreglamentario: expresarnos, trabajar, reunirnos, transitar y respirar normalmente por la vía natural, estarían sujetos a su real antojo. La causa de ello, una pandemia. La excusa de ésta, un virus letal. El método para lograr doblegarnos es el autoritarismo -represivo y dictatorial-. Su resultado final: sometimiento de la población, debilitamiento inmunitario, exclusión social, fractura económica y un ruego forzado de la población para una solución que le permita continuar con sus distracciones habituales, aunque ésta pudiera resultar extremadamente perjudicial para su propia salud o ser mortal. 

La flor y nata de este grupo, aprovechándose de tal súplica “desarrolló en tiempo récord”, sin la debida evaluación científica de rigor -según las declaraciones de miles de expertos mundiales calificados en la materia- una vacuna “cuasimilagrosa”, cuyo contenido tendría mucho más que virus y/o bacterias muertas o atenuadas. Por el momento, resulta indescifrable para la ciudadanía en general este último aspecto, y a ello se le suma otro interrogante importante, la liberación “legal” de responsabilidades y garantías para sus proveedores llevada a cabo por los mismos personajes que, diariamente, nos cuentan su gran interés por proteger la salud de sus representados.

Al caso, va de suyo que emergen preguntas y respuestas básicas: ¿a quiénes benefican estas acciones, a muchos o a pocos?, a una pequeña élite; ¿qué ha pasado con los autollamados derechos fundamentales de la ciudadanía en general y el tan mentado estado de derecho?, ambos desaparecieron entre Gallos y Medianoche…en ocasión de tienieblas; ¿la mayoría de los países del mundo tenían democracias instituidas, o sólo se trataba de apariencias?, aquello fue una escenografía fantástica; ¿que pasó con los líderes devotos de la Democracia?, en menos de que canta un gallo, se convirtieron en líderes represivos.

Ante tales circunstancias, qué podría hacer la ciudadanía para paliar la incertidumbre que hoy la abruma, ¿someterse una vez más, o resistir, oponerse a medidas autoritarias, guardar silencio, despejar la mente, reflexionar íntimamente y unirse a sus pares para luego actuar en consecuencia, sin violencia…pero sí empoderada, merced a los derechos naturales que los seres humanos poseemos desde el origen de la vida?. 

Tal decisión es crucial en esta oportunidad, ya sea de la manera precedente o de otra más a fin con la situación dada, porque lo importante en este tiempo de vulnerabilidades variopintas es que el método elegido pueda aplicarse lo antes posible para liberarnos del esquema actual, sin perjuicio de quién o de quiénes devenga la mejor propuesta. 

Tal vez si nos tomáramos unos minutos a solas para respirar aire puro dejando de lado las amenazas y los falsos argumentos de los verborrágicos y de las verborrágicas de siempre, alejaríamos de nuestro ámbito usual el sueño recurrente de estos insolentes trasnochados, pues ellos viven desde largo tiempo atrás empeñados en transformar al mundo en un gran corral, …y a la sociedad humana convertirla en un rebaño de ovejas serviles. 

La solución efectiva del presente avatar, dependerá exclusivamente de las acciones deterministas que la pobación mundial unida decida sobre el particular en el corto plazo. Quizás entonces sería apropiado que, en dicha ocasión, sus participantes consideren una premisa: “Sin aire puro, la vida es breve, tortuosa…y trastoca la salud humana”. 

La diferencia entre libertad y despotismo establece la calidad de nuestras vidas, de todos nosotros depende -exclusivamente- emplazar el mejor escenario para nuestro bienestar individual y colectivo.

Oscar


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