Ciertos sucesos en el mundo nos indican que la ambición y la hipocresía humanas desmedidas podrían terminar con el planeta que habitamos o, al menos, convertirlo en inhabitable o insufrible para los seres vivos. Qué esto último resulte posible, depende exclusivamente de las acciones que la población mundial realice de aquí en más.

Cierta vez, un grupo de gente decidió adoctrinar a sus seguidores a través de un Estado aparentemente protector, poderoso y justiciero; pero ahora, sus hacedores y continuadores lo hacen emerger de su propia sombra para convertirlo en una realidad omnipresente materializando su obra; pretenden que ella deje de ser en los demás una idea abstracta o imprecisa; dicho clan, hoy quiere transferirse a sí mismo todos los poderes y la magia solidaria que por determinado tiempo le concedió a su invención con la única finalidad de dominar a la humanidad. La locura y la avaricia se reencarnaron, han salido del closet para darle identidad al homo-todopoderoso que todo lo ve, lo controla, lo castiga y lo ajusticia según su real razón, antojo y gana.

El horizonte humano se ve opacado por densas nubes. Los dimes y diretes vertidos sobre el escenario global a partir del anuncio de la pandemia determinada por la OMS a principios de este año, abruman e inquietan a la población en general. 

Seis meses han transcurrido desde aquel momento y a esta fecha el hombre se pregunta cómo debe actuar ante tales circunstancias, tan distintas a sus particulares situaciones pretéritas porque la formación, la cultura, la experiencia, la ética y la libertad adoctrinadas desde su infancia hasta el presente, echan un manto sucio sobre tal labranza sesgándole la posibilidad de aprehender la realidad actual. Sin más y con efecto dominó, sus conquistas en el mundo se desmoronan a sus pies.

Frente a estos hechos, las personas saben que varias reglas deben cambiarse en la sociedad, la política, la educación y la economía, entre otros ámbitos no menos importantes; empero, reaccionan contra los gobernantes o líderes de turno; la razón o la sin razón de ello pareciera no tener demasiada cabida en este contexto, solamente anhelan abordar un tiempo mejor que les dé al menos bienestar y libertad. La humanidad se muestra inquieta, individualiza a sus enemigos y los cuestiona manifestándoles su gran hartazgo.

Pero quizás tal exteriorización en las calles le ocasione a la población en general más adversidades que ventajas, pues a viva voz le está dando a conocer a su antagonista principal sus emociones, necesidades y pretensiones; es decir, ella hoy alimenta a la misma fiera que la arrastró hasta estas instancias.

El enemigo ha dado a la ciudadanía global señales claras de sus propias intenciones vanguardistas, mediante símbolos que le ha impuesto recientemente: tapaboca, confinamiento y prohibiciones por doquier; entonces, su respuesta bien podría ser el silencio en todo ámbito en vez de griterío en la superficie; aunque dicho comportamiento no debe homologarse como aceptación o sumisión de los hechos consumados al presente, sino más bien como una pauta de acción meditada y estratégica; una táctica que puede debilitar a su rival porque él, a partir de los efectos de una circunspección colectiva, desconocerá los hechos que sus asechados están llevando a cabo para modificar el rumbo de las cosas. En tiempos de incertidumbre como el actual es recomendable observar, ser reservado, y solamente unirse a personas afines, solidarias y responsables que actúen y luchen en aras de la libertad, la paz y el bien común.  

En los últimos meses, la maldad de los oscuros creadores de esperanzas vanas dio a luz, desplazando al Orden bienhechor que cultivó para sus pares con ansias ciegas de dominio; cuando la mayoría ciudadana despierte de ese prolongado y significativo ensueño, abandone sus temores y empodere debidamente a su razón, probablemente su propio juicio se encargue, en tiempo y forma, de desalojar de su mente los condicionantes sociales, económicos y políticos que hasta la fecha la han esclavizado.

Oscar


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