Las reglas autoritarias tienen el mismo efecto que las tormentas sobre las personas y el medio ambiente: impregnan temor, obstaculizan la visión, complican la respiración, deterioran la apariencia, derriban estructuras, usurpan vidas, despojan de bienes, producen deslaves, rebalsan la capacidad de tolerancia, concentran la grasa, embarran el campo, acaban con la vida, derriban los frutos, vivifican las malas hierbas. 

Por el contrario la menudas gotas de una llovizna, al igual que los derechos humanos, sociales y políticos benefician a la sociedad, pues aunque contienen el mismo zumo de las tormentas su deslizamiento sobre el medio y la gente los favorece: mitigan la sequedad de la tierra, hidratan la piel, limpian poros, quitan impurezas, estimulan la circulación, eliminan las sustancias tóxicas, purifican el aire, mejoran la salud, bajan los niveles de corrupción ambiental, regulan la temperatura, eliminan tensiones, refrescan las estructuras, animan la vida.

Cuando un gobernante de turno echa mano a métodos absolutistas para dirigir a la ciudadanía, independientemente de cuál resulte ser su escudo político y/o excusas circunstanciales, no es porque no haya formas menos tormentosas de presidir sino tal vez porque la talla de su capacidad está sesgada o sus intereses y compromisos corporativos se oponen a las obligaciones que contrajo oportunamente con la gente que confió en él. 

Es así entonces que el elegido ayer, al presente prefiere capitanear a su pueblo en medio de tempestades en vez de conducirlo en tiempo de lloviznas, pues para hacerlo de este último modo soló debería respetar algunos temas básicos, tales como los derechos ciudadanos, la seguridad jurídica, la igualdad de trato, la libertad, y, por supuesto, cumplir su especial rol de servidor publico. Un gobernante cabal siempre debería recordar que representa al pueblo que lo eligió; él, jamás lo reemplaza, o al menos así debería ser en aquellos países que se auto definen República Democrática.

Pero como este incesante ir y venir entre encanto y desencanto relacional entre los gobernantes y la ciudadanía es un tema recurrente que se agrava dondequiera cada vez más, resultaría conveniente que la gente hoy revisara su rol ciudadano y el tipo de libertad e intromisión que realmente tiene en las cuestiones de vital importancia de su nación. 

Votar de tiempo en tiempo para elegir gobernantes quizá no baste, a la luz de los acontecimientos mundiales de estos últimos años. Hoy la tecnología podría asistir a la ciudadanía para inmiscuirse más en los temas que le conciernen; entre otros, podría obtener partidas presupuestarias más austeras y justas, reducir al clientelismo político, restarles fuerza a los lobistas, deshacerse de los monopolios y oligopolios, obtener mayor control sobre sus tributos y su rinde, regular la gestión del Estado y del comercio y, fundamentalmente, no perder la libertad de decisión sobre su propio destino. En una palabra, debería evitar no ser usada ni espiada ni perseguida, sino solamente conducida rumbo al bienestar que ansía el colectivo del que ella forma parte.

Tal vez un ajuste de aguas a tiempo les impregne a las viejas demandas estancadas de la población mayor dinamismo, un mejor impulso hacia el bienestar colectivo que recurrentemente es relegado en aras de proyectos vacuos, reemplazando de esta manera las necesidades demoradas de la ciudadanía por decisiones políticas y/o jurídicas injustificables y aviesas. 

Oscar


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