En un bosque especial, cobijo sempiterno de antiguos guerreros, al atardecer las ramas vírgenes y las ancestrales se entrecruzan y danzan bajo los reflejos del sol sobrevolando el terreno guarnecido por incontables hojuelas marchitas de la incipiente estación anual, una escultura silvestre cincelada por la indolencia de la naturaleza muerta y la ingratitud de un otoño gris y melancólico.

Los pájaros invasores de tal labrantío velan la fortuna de una nueva querencia aparecida, y orgullosos al final de su faena, sus trinos al poniente le murmuran la llegada de la brisa que en breve los arrullará.

Al exterior de la última enramada, candiles difusos embargan la oscuridad del paraje en los límites de la floresta, entretanto indomables cruzados irrumpen las sendas para custodiar a los viajeros que, honrando su fe, llegan desde lejanas latitudes tratando de encontrarle sentido a la vida.

Allí, la ternura y la emoción colectiva conspiran. Protectores y escoltados tras sensaciones virtuosas, carentes de prejuicios procuran captar la esencia vital de sus ánimas cuando sus brazos atenazados por la ansiedad del momento perciben su propia piel, carne y huesos ante la paz presente en el sagrario.

A todos ellos el firmamento les sonríe, las estrellas brillan, la noche se pronuncia… Los peregrinos pretenden eternizarse en ese instante y perdurar, una ocasión oportuna y única de lazos entre sus almas y el infinito universo; sienten plenitud, quieren, aman, sueñan y…en silencio  arriban sus propias utopias.  Abordan el cenit, suben, bajan, corren y saltan sobre nubes ficticias de eventuales instantes de gloria…venciendo toda ley natural. A sí mismos se prometen plena existencia y felicidad; todo cuanto hay en el Universo les resulta grato; ofrecen a su dios ofrendas, sus bocas pronuncian cientos de palabras simples y hermosas, aunque algunas carentes de veracidad…

Al alba la despedida es el escenario de los circunstantes; ciertas lágrimas surcan varias mejillas mientras su delicado llanto emite sonidos que luego enmudecen súbitamente; entretanto, sus desanimados corazones, parten hacia un benévolo final.

Todos ellos levantan sus brazos padeciendo el adiós hasta perderse entre los diferentes surcos trazados por la naturaleza yacente en la foresta cortejada por arbustos, flores y matorrales, a sabiendas de que la única manera de reencontrase con la experiencia emotiva reciente queda a expensas de desarrollar acabadamente su ser interior, profesar paz y amor…y no juzgar a los demás; una faena escasamente fácil y sencilla a la vez porque resulta inalcanzable sí en uno gravita el dogmatismo, y muy alcanzable sí uno orbita la espiritualidad.

Oscar


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© Publicado en Punta del Este. Uruguay (mayo 31, 2022) Derechos reservados. Prohibida su reproducción para cualquier finalidad y/o su comercialización sin autorización previa del autor.