Soy un poblador más de esta ciudad cosmopolita, mis ansias de dar le regalan al medio que me rodea amor, silencio, oxígeno y simientes por doquier. Soy joven, frondoso y poseo hojas verdes matizadas en mis brazos. Mis raíces sostienen veinte metros con delicado esfuerzo, y mi cuerpo aún continúa en permanente evolución. 

Periódicamente, cierta fraternidad socava mi perdurabilidad natural; sin pausa, ella me acorrala y me asfixia usurariamente con sus malos humores e irreverente codicia, mientras su parloteo cansino me anuncia sus atrevidas intenciones depredadoras.

A dicha sed devastadora, últimamente también se suma la visita de ciertos personajes al parque que habito, pertrechados con cascos, mamelucos, aceros afilados, cuerdas gruesas y cadenas dentadas; toda utilería pendenciera procuradora de exterminio, horror y muerte. En contados días, quizá yo seré puesto de rodillas, primero,…y reducido a astillas, después. 

Oportunamente esta condena terminal me llevó a indagar más sobre la viabilidad de retrasar este paso indeseable y salvarme, o de evitarme largas horas de sufrimiento. Para mi sorpresa el resultado fue lastimoso, pues, según las estadísticas de los profesionales entendidos en la materia yo he sobrevivido más años de lo usual en este urbanismo, una colonia hermosa y a la vez carente de sosiego, donde ya es habitual ver a sujetos indeseables destruyendo el patrimonio de la naturaleza.

Es evidente que la mano invisible de la sociedad ha extraviado los hábitos connaturales de las personas; su modo de vida actual sólo procura un crecimiento artificioso, y ésta, con tal de alcanzar sus objetivos aviesos, justifica su comportamiento cuatrero con argumentos absurdos. 

Qué pena me da la clase exterminadora, siento gran compasión por sus integrantes porque destruyen diariamente a millones de seres inocentes e indefensos; aunque debo confesar que peor impresión me causa esa parte de la ciudadanía global que se mantiene imperturbable ante tales sucesos, sin tan siquiera interesarse por corregir las futuras consecuencias que ella misma obtendrá -más temprano que tarde- merced a su silencio y apatía, dos actitudes innobles que marchitan los frutos vitales de nuestra madre tierra

Ojalá la humanidad pronto salga de su letargo en estos temas, deje atrás su indiferente ceguera y tome debida conciencia de semejante proceder estrafalario…porque, hasta ahora, sus despiadados intereses solamente han canjeado vidas ajenas por incontables toneladas inertes de papel, y de dura y fibrosa madera.

Oscar


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